Hay una grave contradicción entre lo que proclama el partido político Morena y las acciones que adopta para alcanzar su objetivo, y ello resulta especialmente inquietante cuando se trata de la educación pública básica. Tengamos en cuenta que, como lo expone el Banco Mundial, “La educación es uno de los instrumentos más poderosos para reducir la pobreza y crear las bases para el crecimiento económico sostenido”.
Si este principio ha sido válido a lo largo de muchas décadas, su importancia se vuelva cada vez mayor en la medida en que nos adentramos más y más en la sociedad postindustrial o del conocimiento, en donde la generación de riqueza y bienestar humano se encuentra cada vez más ligada al desarrollo científico y tecnológico. Si un país se rezaga en la educación se está condenando a degradar su nivel de vida y de desarrollo humano.
Cuando en el Congreso de la Unión los legisladores de la mayoritaria coalición de Morena gritan en coro, reiterando con insistencia el estribillo: “Educación primero al hijo del obrero. Educación después al hijo del burgués”. Nos encontramos ante el objetivo de querer privilegiar la educación que se destine a los niños y jóvenes de los sectores más desprotegidos y de menores recursos de la sociedad. En verdad, nuestro país necesita con urgencia contrarrestar las poderosas tendencias concentradoras del ingreso y brindar mucha mayor igualdad de oportunidades, para lo cual la educación juega el papel fundamental.
En esas condiciones lo lógico y razonable sería esforzarse por mejorar al máximo la calidad de nuestra educación pública, de manera que los hijos de los estratos menos favorecidos de la sociedad tuvieran mayor igualdad de oportunidades para competir con quienes disfrutan de una educación privada de alto nivel de calidad. Tengamos en cuenta que “el hijo del burgués” recibe por lo general su formación académica en prestigiosas escuelas privadas, a donde también acuden gran parte de los hijos de los legisladores que con hipocresía coreaban el retumbante grito.
El gravísimo daño de suprimir la Reforma Educativa, radica precisamente en que a quienes más se perjudica no es al “hijo del burgués” sino al “hijo del obrero”. Se obstaculiza con injusta estulticia la urgencia de mayor capilaridad social, se bloquea el imperativo de brindar mayor igualdad de oportunidades, en una colectividad que tiende a acentuar las desigualdades. Resulta verdaderamente deplorable la destructiva contradicción entre el loable objetivo que se predica y las perniciosas acciones que en realidad se practican.
Sería interesante conocer si los líderes de la CNTE —que disfrutan ya de un privilegiado nivel de ingresos y de vida, algunos de ellos están hasta incorporados por el poder de Morena al status superior de legisladores de la República o estatales— se desinteresan tanto por el futuro de sus hijos que están dispuestos a someterlos al deplorable nivel educativo prevaleciente en las escuelas que dominan, o si prefieren rescatarlos pagándoles una educación privada donde no vivan en constantes huelgas, donde maestros bien capacitados, que no compraron o heredaron sus plazas, asistan con asiduidad, donde no se rehúsen a enseñar inglés y computación, donde acepten y practiquen evaluaciones. Si ya victimizan a cientos de miles de niños, ojalá que al menos no decidan perjudicar también a sus propios hijos.