En las primeras semanas que han transcurrido desde el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales del 1 de julio, uno de los temas que ha concentrado la atención es la buena relación con Donald Trump. ¿Será el inicio de una gran relación personal entre los dos presidentes y gobiernos?
La llamada y el tuit. López Obrador recibió una llamada de felicitación de Trump, quien además reforzó los buenos deseos a través de su medio favorito de comunicación, los mensajes en Twitter. Ahí el tono fue el mismo, un derroche de entusiasmo. Un mensaje comedido, diplomático y perfectamente intercambiable con las decenas de mensajes en el mismo tono que recibe cualquier candidato que gana las elecciones en cualquier parte del mundo, de parte de sus futuros homólogos.
Las visitas de gabinete. Uno de los gestos que más entusiasmo generó sobre la nueva relación, fue la visita que realizaron a la casa de campaña de López Obrador, personajes de primer nivel de la administración Trump. Ahí se cumplieron varios objetivos. En primer lugar, para evitarse personalmente el viaje, Trump mandó una comitiva para despedirse de Enrique Peña y parte de su gabinete, dado que Trump no le hará una visita oficial en lo que le queda de mandato (misma que el gobierno mexicano estuvo buscando desde su toma de posesión en enero de 2017). Trump mostró que tiene claras sus prioridades internacionales: en esos días, estuvo en visita oficial en el Reino Unido y en la desastrosa cumbre con Putin en Finlandia. Por su parte, en la lógica de la enésima ronda de (re)negociaciones del TLCAN, el delegado de López Obrador ya se incorporó a la misión del gobierno mexicano, en la última visita a Estados Unidos.
Las cartas. Aprovechando la visita de la delegación norteamericana, trascendió que López Obrador envió una carta a Trump, misma que tuvo respuesta. Ambas recibieron lectura pública por parte de Marcelo Ebrard, anunciado como futuro canciller mexicano. Más allá de los lugares comunes y de las obviedades en los desafíos de la relación bilateral, el intercambio epistolar sirvió para incrementar aún más el entusiasmo sobre una deseable mejoría entre ambos gobiernos. Que se diera por terminado el mínimo histórico por el que pasa la relación entre ambos países. En esa lógica, no se dejó ver ningún sentido de urgencia del lado de Trump en la renegociación del TLCAN. Más aún, quedó claro que su destino depende de los tiempos del propio Trump.
En suma, a pesar de los gestos iniciales amables para el futuro gobierno, sería estúpidamente ingenuo asumir buena voluntad por parte de Donald Trump. Ya dio muestras de sus verdaderas prioridades con su enésima insistencia de construir el muro fronterizo, so amenaza de generar un nuevo shutdown en el gobierno, lo que entrará de lleno a la lógica de las elecciones legislativas intermedias de noviembre en Estados Unidos. Algo sí se sabe del imprevisible Trump cuando está en campaña: que su abyecta retórica antimexicana es uno de sus ejes principales.