Galileo Becerril/Ultimátum

Cuántas veces hemos visto una película de cualquiera de nuestros actores favoritos y nos ha dejado una sensación de paz y tranquilidad, de euforia con una mezcla de excitación por la forma en la que se condujo la trama o esa sensación de vacío cuando el final es emocionalmente inesperado. Esto último me ocurrió con la película del director Roland Hardwood’s: The Dresser.
La cinta es protagonizada por Ian McKellen (Gandhalf en El Señor de los Anillos o Magneto en X-men) y Anthony Hopkins como actor de reparto, al que lo recordamos, dirían los Simpson, en películas como: La trilogía de Hannibal, El silencio de los inocentes (1991), Hannibal (2001), Dragón Rojo (2002), y más recientemente Solace (2015).
El filme trata de la vida tortuosa de Norman (Mckellen), asistente de un añejo actor de teatro, a quién durante todo el transcurso de la película solo conoceremos como Sir (Hopkins), y cuya demencia hace que Norman tenga que hacerlo todo para poder lograr que el Sir se presente esa noche en la obra más importante de la temporada. Situada en 1940, seis años antes de que la Segunda Guerra Mundial llegara a su fin, y en las fechas en que Inglaterra fuera bombardeada por la Alemania Nazi. Todo se desarrolla dentro del teatro, la genialidad del director es sobresaliente al mantener a la audiencia cautiva en todo momento, la trama fluye entre el drama y el humor negro, tan británico como el acento.
El comportamiento del Sir es, además de ser una persona demente, la de un narcisista cuya pasión es la adoración que el publico le rinde, el aplauso y la pleitesía que éste le entrega a su actuación. Y de pleitesía se trata, aunque en un primer momento pensamos que la trama gira entorno al “actor principal de la obra”, realmente el filme está centrado en su ayudante, aquel que se convierte en su lacayo, el que lo viste y desviste, el que tiene que inventar una serie de historias, cual Sherezade, para que el Sir logre creerse que es el más grande actor que ha interpretado al Rey Lear y logre presentarse con éxito.
Norman tiene varios aspectos interesantes, aspectos muy humanos, y es que es capaz de hacer lo que sea con tal de que el Sir se presente a la obra lo más cuerdo posible; y cuando digo lo que sea, es porque no tiene ningún empacho de ser humillado, vejado y vilipendiado por el Sir. En ocasiones se piensa que lo hace apasionadamente, que el lugar en que se colocó es el adecuado para su tipo de personalidad. La característica preponderante es la que Étienne de la Boétie en 1553 describe en su ensayo de la “Servidumbre Voluntaria”, y cuyo texto establece que: “el poder abusivo no existiría si no se alimentara del consentimiento de los sometidos que, al plegarse a la estructura de poder creada por y en torno a un tirano, son el basamento de este poder que no tiene más fuerza que aquella que los que se someten le otorga”. Por lo que Norman se coloca en esa posición de servidumbre voluntaria, de receptáculo y por lo que es capaz de asumir cualquier tipo de castigo. Aunque nunca hay castigo físico, hay castigo que se ejerce con las palabras; y recordemos que es el más terrible. Como diría Michel Foucault en el libro de Vigilar y Castigar: “Si no es ya el cuerpo el objeto de la penalidad en sus formas más severas, ¿sobre qué establece su presa?[…] Puesto que ya no es el cuerpo, es el alma. A la expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad y las disposiciones”. Éste castigo es soportado porque Norman ama al Sir, y que mejor pretexto nos hemos inventado, nosotros los humanos, para justificar cualquier martirio propinado por nuestra pareja, cualquier deslealtad, sino el amor que lo puede todo y lo da todo. Es por ello que Norman lo cuida, lo adora, lo cobija, lo enaltece, lo glorifica.
En la escena final, y es la culminación de la trama, la que me dejó el vacío gozoso que motivó este texto; y sostiene que en verdad siempre hay algo que se espera del otro. En el caso de Norman espera como retribución por la entrega hecha una pizca de agradecimiento; la que nunca recibirá, cuando el Sir se decide a escribir un libro que toda su vida ha deseado, comienza con los agradecimientos… a todos les agradece, menos a Norman. El problema se presenta cuando el Sir muere; en el momento en el que Norman lee los agradecimientos y éste, al terminar de leer, se acerca al cuerpo que yace en un diván, pero no hace nada, sólo lo contempla, quedándose con la furia contenida, con el enojo, con la imposibilidad de recriminarle el por qué su nombre no figura en el texto; y más importante aún, por qué su nombre no figura en la propia vida de Norman, de eso se trata el sentido que subyace en la película, Noman, no figura en su propia vida.
Algunas personas se pasan la vida sin hacer un cambio, se quedan en a la expectación de la escena, ven cómo otros se desenvuelven, lucen, brillas y destacan; mientras que los “Norman” sólo miran apenas mostrando la cabeza, pero no se engañan, ellos no son los protagonistas de su propia película, siempre seden el papel al otro.
Norman es como el lector que nunca lee su propia novela, y no hay peor castigo para el que lee que lo que nunca se escribe y por ello jamás podrá ser leído.
A tortuosa de Norman (Mckellen),taststa/Ultim

BIBLIOGRAFÍA:
Gerber, Daniel. “El Psicoanálisis en el Malestar en la Cultura”. Pág. 181. Edit. Lazos. Argentina.
Foucault, Michel. “Vigilar y Castigar. El Nacimiento de la Prisión”. Pág. 24. Edit. Siglo XXI. México.

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