Si quisiéramos sintetizar en una sola idea cuál es el problema fundamental de México, ya sea de carácter económico, social, cultural, ecológico, político o de otra naturaleza, me atrevería a decir que nuestro problema fundamental radica en nuestra condición marcada por el subdesarrollo. Y cuando tratamos de descifrar en qué consiste el subdesarrollo, si reflexionamos al respecto nos toparemos con que se trata de que se padecen una serie de deficiencias de las más diversas características.
El subdesarrollo está estrechamente vinculado a deficiencias en la educación, en el cuidado de la salud pública, en excesiva desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza, en graves desequilibrios regionales, en deficientes sistemas de infraestructura de comunicaciones y de telecomunicaciones, en bajos niveles de productividad y de desarrollo científico y tecnológico, en aparatos gubernamentales corruptos e ineficientes; en fin, en innumerables deficiencias.
Si nos detenemos a observar un poco más detenidamente y tratamos de explicarnos cuáles son las causas que generan tales deficiencias, nos encontraremos que en buena medida, éstas no están aisladas y operan en una intensa red de interacciones e interrelaciones. De alguna forma las deficiencias están concatenadas y encuentran parte de su explicación en las deficiencias con las que se relacionan. El subdesarrollo está constituido así por círculos viciosos que generan una dinámica de retroalimentación. Una deficiencia contribuye impulsando a las otras y éstas actúan con reciprocidad, hasta cerrar un círculo vicioso que tiende a fortalecer y perpetuar al subdesarrollo.
Si ponemos atención en el funcionamiento de los países desarrollados descubriremos que, al igual que en el subdesarrollo, existe también una dinámica de estrechas interacciones e interrelaciones entre los diversos sistemas que integran el conjunto de una sociedad. Pero en los ámbitos del desarrollo percibimos más virtudes que deficiencias y ahí podemos constatar también que existe una dinámica de retroalimentación, de mutuo apoyo, pero en lugar de cerrar un círculo vicioso lo que se logra consolidar es un deseable círculo virtuoso, que tiende a fortalecer y perpetuar el desarrollo.
El genial estratega militar que fue Napoleón Bonaparte, cuando sus ejércitos entraban en batalla solía situarse en lugares desde donde pudiera disponer de amplia visión para apreciar el desarrollo integral de la batalla. Desde ahí trataba de descubrir, no necesariamente el punto más débil de las filas enemigas, sino cuál era el punto estratégico dónde un ataque exitoso pudiera causar más daño sobre el conjunto del ejército enemigo, a fin de enfocar contra ese punto lo mejor de su artillería y caballería, pero consciente de que no podía descuidar ninguno de los otros frentes de batalla.
Algo muy parecido a las batallas napoleónicas sucede cuando se trata de romper el solidificado círculo vicioso del subdesarrollo. Se trata de descubrir el punto estratégico a atacar para resquebrajar con la mayor eficiencia la retroalimentada solidez de ese círculo vicioso, a manera de revertirlo para configurarlo como un círculo virtuoso.