Moscú. -Los rusos echaron a andar la fiesta en la cancha y fuera de ella. Fue una ceremonia sencilla, con un Robbie Williams descarado. Rusia se ha venido preparando a lo largo de varios años para este momento.
Hay dos maneras de ver el momento ruso. Por un lado está una sociedad exigente, entregada de manera casi definitiva a Vladimir Putin, y por el otro un gobierno que se dedica a la fiesta para resaltar la imagen y para tratar de vivir de cerca el momento.
El fenómeno Putin es difícil de entender. En este país la demencia y admiración con la que se ve al presidente ruso no se entiende de otra manera si no es a partir de necesidades muy singulares por parte de la población. Putin ha logrado entender la idiosincrasia de una sociedad que dejó atrás al comunismo y a una generación que no entiende los años que vivieron sus antecesores.
La fiesta del futbol ha llegado a un país que, sin que tenga al juego como el centro, como sería el caso de nosotros, sí se convierte en un deporte visto más con referentes externos que internos.
El Mundial tuvo un partido con un ganador previsible, pero con un resultado que pocos contemplaban. Arabia Saudita le ofreció a los rusos más facilidades que las que la PGR ofreció a El Abuelo cuando fue detenido. A los 30 minutos casi todos sabíamos el resultado. Una Rusia atlética y con sentido común le metió 5 a Arabia Saudita, que quiso jugar por alto, cuando su rival le doblaba las posibilidades. Habrá que ver al anfitrión ante Uruguay, porque lo que es claro es que Arabia Saudita tuvo ayer su debut y despedida.
Rusia no deja de sorprendernos. Moscú es una ciudad grande. No hay manera de que uno entre a este país sin ser observado y detectado; cuando se entregan los boletos para los partidos poco falta para que tengan el historial de cada uno de los que llegan a las oficinas donde se entregan. A esto agreguemos lo que llaman el “ID”. Se entra al estadio con el boleto, pero también es obligado que se porte el ID, que es una identificación en la que están todos los datos de la persona que la lleva. No hay manera de que no sepan quién es el portador.
Los rusos poco o nada han atendido al país que será la sede en el Mundial 2026, si bien para nosotros es una situación inédita. Recordemos que México fue sede en 1970 y 1986, pero en este país está en desventaja.
De nuevo llama la atención la gran cantidad de mexicanos que está en el Mundial. Se encuentran por todas partes; son una auténtica legión. Con quienes hemos hablado, nos cuentan con profunda emoción que vienen ahorrando para este momento desde hace cuatro años; si bien en algunos casos se puede interpretar que es gente de sectores económicos fuertes del país.
Son familias, amigos, parejas que se la han pasado ahorrando desde la Copa del Mundo de Brasil 2014. Vienen de todo el país; es una fiesta preparada por cuatro años que les durará al menos hasta las elecciones.
De eliminar a la selección se acaba la fiesta; hasta un sombrero de charro; se acaba el “cucurrrucucú paloma” y, en algún sentido, a los países sede se les diluye el ambiente y algarabía de cierta admiración.
El domingo podremos ir sabiendo de qué tamaño puede terminar siendo la fiesta de este Mundial. No se juega la vida o la muerte ante Alemania. Todavía quedan dos partidos en los que se pueden combinar muchas cosas. Lo que sí queda claro es que con Alemania se juega la confianza y la cercanía que pudiera tener la selección con su afición.
Se inicia lo que hemos llamado el “curso intensivo de sufrimiento”, el cual, en esta ocasión, está de la mano de la iniciativa.
De los rusos nadie va a acudir al Ángel para festejar sus victorias, pero durmieron tranquilos. Pensaron que Arabia Saudita los iba a hacer sufrir, y mucho, pero les abrió la puerta desde muy temprano.