Las oficinas de comunicación

Javier Solórzano Zinser/La Razón/Ultimátum

Entre lo inédito que estamos viviendo está el que pareciera que López Obrador ya está gobernando, a pesar de que faltan menos de cinco meses para que tome posesión. El Presidente Peña Nieto anda entre la prudencia y el respeto, lo que lo lleva a estar “virtualmente” ausente.
López Obrador está haciendo lo que sabe hacer muy bien, llenar espacios. Es una práctica que tiene bien trabajada, pero su aplastante victoria le ha otorgado gran capacidad de maniobra que provoca que esté en el imaginario colectivo a toda hora. El “virtual presidente” es particularmente efectivo y sensible en estos menesteres.
Recientemente lanzó una serie de propuestas para que el Congreso las discuta y, en su caso, apruebe. López Obrador ha insistido en la división y respeto entre los Poderes. Habrá que ver si lo dice bajo una convicción democrática o porque bien sabe que tiene el control del Legislativo, vía Morena.
A pesar de ello, debe saber también que debatir y analizar sus propuestas en el Congreso no sólo es saludable sino necesario como principio político y democrático, además de ser útil para fortalecerlas. Hay que evitar la tentación de aprobar el paquete en automático.
Una de las propuestas de López Obrador a atender, en forma y fondo, es la desaparición de las direcciones de comunicación. Con razón desde hace varios años han venido siendo cuestionadas, una de ellas, entre varias, se debe a que han dejado de tener la efectividad y utilidad de otros tiempos.
En la mayoría de los casos se quedaron desfasadas, lejos de ejercer la influencia que tuvieron durante un muy buen tiempo. Una de las críticas más recurrentes a éstas es que su trabajo se duplica de manera inútil, muchas dependencias cumplen funciones similares.
Lo que sí está claro es que desde Los Pinos es desde donde siempre se ha dirigido el tránsito de la comunicación e información.
Se presume que si desaparecen se va a ahorrar mucho dinero, lo cual efectivamente tiene algo de cierto. Sin embargo, éste no puede ser el único criterio para tomar la decisión.
Uno de los problemas más serios que tienen los gobiernos es que no se saben comunicar. Suponen que lanzar discursos, conversar con periodistas o hacer fastuosos anuncios les resuelve todo. La paradoja es que esta fórmula es la que utilizan en sus campañas y, cuando llegan al poder, la extienden hasta que les cae la terca realidad.
Que las cosas no se hagan bien o se hayan dejado de hacer, no implica que las direcciones de comunicación no tengan sentido. López Obrador tiene razón en mucho de lo que decía el miércoles, pero las dependencias deben tener áreas para informar y comunicar. En algún sentido es transparencia y rendición de cuentas, se haya hecho o no con anterioridad.
Una de las varias razones del descrédito es que las dependencias se han usado para promover a los funcionarios en turno, y que han servido para establecer relaciones, con tintes perversos, con periodistas y dueños de los medios, aunque a éstos se les atiende en otra ventanilla.
De igual manera no tiene sentido que en cada oficina de Gobierno, federal y estatal, se hagan síntesis de medios, es un asunto relativamente fácil de resolver. Lo que no debe suceder es que los funcionarios se aíslen informativamente, que no tengan acceso a opiniones críticas desde las redes, los medios y en general de la sociedad. Evitar esto fue uno de los propósitos de las síntesis, lo que pasó es que entre todo se hizo más complejo y se distorsionó.
El tema da obviamente para más, le seguiremos.

RESQUICIOS

El fenómeno social del futbol desbordado.
El martes en la noche en París se calcula que entre dos y tres millones de franceses estaban en las calles celebrando el triunfo sobre Bélgica.

LA FIESTA AL LÍMITE

En Zagreb, cuatro millones y medio de croatas se dieron cita en la plaza central, para festejar el dramático triunfo sobre Inglaterra.
La fiesta a tope.