El último y nos vamos

Javier Solórzano Zinser/La Razón/Ultimátum

Partamos de lo obvio: no se pudo visualizar la forma en como puedan cambiar las preferencias con el tercer y último debate de la noche de ayer, en Mérida.
Los antecedentes definieron que por más que uno de los candidatos sea marcadamente ganador del debate, las preferencias electorales no cambian sustancialmente; los especialistas hablan de un máximo de entre 3 y 4 por ciento.
El formato del debate sugirió la posibilidad de que los candidatos no sólo se dedicaran al interminable mundo de las promesas, sino que se vieran obligados a entrar al terreno de los “cómos”. La utilidad y valor de los debates está, en buena medida, en la voluntad política de confrontar ideas y proyectos entre los participantes.
El tercer debate cerró una de las etapas centrales de las campañas. Lo que va a pasar a partir de ahora es que Ricardo Anaya y José Antonio Meade van a echar su resto; de hecho, de seguro ya lo empezaron hacer.
Van a tratar de apoderarse del segundo lugar, en manos de Anaya, para tratar de hacer lo que parece simple y sencillamente imposible: alcanzar y rebasar a López Obrador. Las encuestas están definiendo escenarios; si bien las mediciones pudieran ser eventualmente cuestionadas es un hecho que la percepción social está aparejada con los números. Caben los milagros, pero en este caso no se ve por dónde aparezcan.
Sin embargo, queda claro que esto no se acaba hasta que se acaba y que todo lo que muestran las encuestas y las percepciones se tendrá que ratificar el 1 de julio. Por un lado, habrá que ver si los que se han manifestado a favor de López Obrador lo ratifican en las urnas; y por otra parte, habrá que ver lo más importante: si van a votar.
En el debate de ayer, los moderadores jugaron un papel estratégico. El segundo debate debió dejar enseñanzas a todos. En el análisis, por parte de diferentes investigadores y agencias, se detectó que fue excesivo el protagonismo de los moderadores.
A esto se sumó que la participación del público no fue ni influyente ni incluyente; quedó la impresión de que no sabían cuál era su turno ni la pregunta que les tocaba. Acabaron siendo una especie de convidados de piedra.
Por ahí pasaron muchas opiniones y preguntas que dieron al debate una viabilidad distinta. La clave fue estar en la selección y organización previa; fue una tentación para los seguidores de los candidatos echar a andar la cargada, vía las redes. Todos hemos visto que lo han venido haciendo.
No van a cambiar mucho las cosas. Los candidatos estuvieron obligados a dar razones y elementos concretos en temas como la Reforma Educativa. Así como no tiene sentido derogarla, tampoco lo tiene defenderla a ultranza.
Ayer los candidatos tuvieron la última oportunidad de verse ante la sociedad, ante su adversarios.
En una de esas, algunos que vieron el debate decidieron en ese momento por quien sería su voto.

RESQUICIOS.

Así nos lo dijo José Luis de la Cruz, economista: Todo lo que estamos viendo, en términos económicos, es parte de una misma historia. Trump privilegia los intereses muy particulares de EU, sin importarle si trastoca los cimientos del comercio mundial.
No está ponderando las graves presiones que está provocando. Ángela Merkel, canciller alemana, expresó lo que piensa acerca de lo que está pasando: Gran Bretaña y EU ya no son confiables.
A México no le ha quedado de otra que reaccionar como lo ha hecho en materia arancelaria; lo que bien se pudo hacer antes.
Lo que quiere Trump son acuerdos bilaterales, siempre y cuando no consiga un TLC como lo quiere. México y Canadá han logrado mantenerse cohesionados; su problema, por decirlo de alguna manera, es que en medio tienen a EU. No les queda de otra que buscar el mejor arreglo posible. Una de las soluciones empieza con atacar y desarrollar el mercado interno.