Reflexiones musicales

Galileo Becerril/Ultimátum

Cuando estaba pensando en escribir ésta sección, lo hacía recostado en mi cama, un día domingo; en esos momentos en los que Emilio, mi hijo, ya se había despertado y había salido a jugar con su mamá en su tapetito de colores que está en la sala, con la pelota roja que le compré y que ya comienza a aventar de un lado a otro.
Pensaba en varios temas, el primero que me asaltó fue el de la película “Hable con ella” (2002) del Director español, Pedro Almodóvar, y de quien, cuando tenía entre 16 y 20 años, pude ver varias de sus películas como “Matador” (1986); “La ley del deseo” (1987); “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988); “¡Átame!” (1990); “Tacones lejanos” (1991); la divertida “Kika” (1993); “Carne trémula” (1997).
A “Hable con ella” (2002) la vi después, cuando ya estaba en la universidad, y ya había sido afectado por el psicoanálisis.
Entonces les estaba contando que pensé en la película y en lo que quería escribir, acerca de la trama y lo que con el psicoanálisis puedo decir acerca de: el deseo inserto por Benigno, en la paciente que cae en coma; la importancia de hablar con los pacientes que caen en coma o que tienen un problema cerebral; los amigos que se conocen en el lugar menos esperado –como un hospital– y cada uno lo abandona de diferentes formas, por la muerte de la paciente o por el encarcelamiento de Benigno; la tragedia por encima de la felicidad. Temas que se pueden desarrollar con el pretexto de la película; pero entonces me detuve, porque comencé a darme cuenta que no recordaba toda la película y, quizás, en el transcurso, si el tiempo me lo permitía, podría volver a verla y, entonces, escribir sobre ella. Pero como uno tampoco elige el tema del que escribirá, sino el inconsciente; que lo dicta todo, pensar en Almodóvar me llevó a otro pensamiento que está estrechamente vinculado con otro de mis temas favoritos y que –cuando escribo ésta columna– me di cuenta que a lo largo de éste tiempo en el que escribo en mi famosísima sección –sarcasmo– no había dicho o escrito, nada sobre la música.
Almodóvar me trajo a la mente a Sabina, quien escribiera una canción en el disco “Física y Química” (1992), que lleva por título “Yo quiero ser una chica Almodóvar”. En la que Sabina desarrolla gran parte de la filmografía de Pedro Almodóvar, Sabina hace toda la canción con los títulos, con los actores y actrices y con los temas que se desarrollan en las películas del cineasta.
Y resulta que Sabina, desde que lo conozco, porque mi encuentro con él y su música fue un cheque posfechado que cobré muy tarde, porque Sabina ya era Sabina cuando lo escuche por primera vez. Ya había escuchado su canción más mediática que fue la de “Y nos dieron las diez” del disco en donde viene la canción de Almodóvar. Pero aún no había puesto atención a todo ése disco que por lo demás es un muy buen disco. Después seguí con “Esta boca es mía” (1994), que en especial me encantó lo mismo pasó con “Mentiras piadosas” (1990) y así seguí consumiendo los discos de Sabina. “Yo, mi, me, contigo” (1996) fue el acabose; ahí me di cuenta lo fácil que Sabina expresaba muchas de las cosas que yo sentía, su forma de decir el amor, las cosas que no se quiere que ocurran en una relación que el paso del tiempo va minando,–como la monotonía del tiempo y sus silencios adormecidos que se rumian por las noches; las ganas que faltan de ser, estar o ir; la pesadumbre disfrazada de ternura y que se cuela entre las sábanas y el amor se vuelve eyaculación precoz– pero que, si se encuentra la fórmula, como la reinvención de la relación, la instauración del deseo, puede uno evitar caer en aquello que canta Sabina y, que le dice a la mujer que ama, que no deben convertir su relación en todo eso, porque el final será el sepultamiento de todo lo que fueron:
“Yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escena del sofá; yo no quiero que viajes al pasado y vuelvas del mercadocon ganas de llorar […]
[…] Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren.”
Sabina me conectó con mi niñez, porque cuando era niño mi madre escuchaba algunas canciones de Joan Manuel Serrat. “Mediterráneo” (1971) vino a mi mente, “El tío Alberto”; “Aquellas pequeñas cosas”, “La mujer que yo quiero”, “Lucía” comenzaron a sonar en mi mente; y ahora que estuve en Barcelona caminando de Auditori Fórum y hasta las Ramblas, por toda la costera, me di cuenta de por qué Serrat había escrito “Mediterráneo”:
“Quizás porque mi niñez
Sigue jugando en tu playa
Y escondido tras las cañas
Duerme mi primer amor
Llevo tu luz y tu olor
Por dondequiera que vaya
Y amontonado en tu arena
Guardo amor, juegos y penas […]
[…] Qué le voy a hacer, si yo Nací en el Mediterráneo Nací en el Mediterráneo […]
Luego Luis Eduardo Aute asomó la cabeza por detrás de la puerta de mi casa, y a quien ya había escuchado; ignoraba, por ejemplo, que la canción de “Rosas en el mar” que cantaba “Masiel” y que, también, mi madre escuchaba mientras hacia la limpieza de la casa, era de él. Luego de un tiempo lo reencontré en su disco “Alevosía” (1995) y lo mismo me ocurrió, quede prendado de éste disco:
“Más que amor, lo que siento por ti. Es el mal del animal, no la terquedad del jabalí, ni la furia del chacal… es el alma que se encela con instinto criminal, es amar, hasta que duela como un golpe de puñal… ay, amor, ay, dolor… yo te quiero con alevosía…”
En general la música de éstos españoles vale mucho, nos ayudan un poco en el amor y, también, en el desamor, ayudan a dirigir el dolor de las despedidas o ayudan a enamorar a la mujer que nos desvela.
Descubro entonces que cada canción o cada disco que escuchamos está enmarcado por los límites del sentimiento que se encuentra impregnado por el recuerdo y por la añoranza; si no fuera así entonces ninguna canción significaría nada. Hay que escuchar un poco más a éstos españoles y un poco menos reguetón y música de banda…

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