Primero Europa, luego América Latina, Estados Unidos y nuevamente el continente europeo: el populismo llegó para quedarse, como también lo han hecho la xenofobia y el racismo. Ya lo explicaba Thomas Hobbes en el siglo XVII: los pueblos se aglutinan, ya frente a un líder, ya frente a un enemigo, pues el elemento común que da cohesión al grupo social es la identidad en construcción. En el primer caso, porque el líder nos representa. En el segundo, porque frente al enemigo nos debemos erigir. El líder es un nosotros. El enemigo es el otro. Y es que populismo y fascismo, populismo y nazismo, hunden sus raíces en la misma fuente nutricia y devienen hacia un mismo destino, que no es otro que el del totalitarismo y la dictadura, la intimidación y la violencia. Todas las antípodas se tocan, por eso el populismo se catapulta desde la democracia al convertirse en una democracia de masas, en la que si algo no existe es la democracia en sí.
Roosvelt, visionario, a principios de los años 30 advertía que una sociedad abatida por el miedo, sería potencial presa fácil de los discursos demagógicos emanados de los líderes populistas, como los del nazi-fascismo, que se encarnizaban en dividir a la sociedad y fomentar la división de la oposición, mientras la apatía política cundía en el ánimo popular. Era inminente que Occidente sucumbiera ante el miedo y con ello germinara la semilla de la intolerancia. En la Alemania nazi, en cuestión de días Hitler emitió sendos decretos de discriminación masiva que suprimieron los derechos de las minorías. En la Italia fascista, su equivalente fueron las leyes “por la defensa de la raza” de 1938. Atizar el temor frente a los “otros” por ser inferiores, por ser adversarios políticos, lo mismo judíos que romaníes, polacos, rusos, negros, eslavos, asiáticos, homosexuales, discapacitados, comunistas o testigos de Jehová, entre otros, fue estrategia central para hacerse del control del poder: se trataba de aniquilar toda posible inconformidad nacional, en aras de una presunta “supremacía racial”. Institucionalizar la purga del “enemigo” era la consigna por ser cuestión de principios.
En América Latina: Lázaro Cárdenas en México, Juan Domingo Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, asumirán al nacionalismo como eje rector de su discurso político. Derivado de ello, el régimen cardenista institucionalizará su política indigenista, incentivará el reparto agrario y llevará a cabo la expropiación petrolera. Sin embargo, las bondades de esta política incluyente serán efímeras. Desigualdad social, desequilibrio estructural, falta de oportunidades para los sectores popular y medio de la sociedad, no podrán ser abatidos, máxime si el Estado entra en alianza con el poder capitalista y consiente la injusticia, la corrupción y la impunidad. A partir de entonces las grandes conquistas sociales, emanadas en gran medida de los postulados y de la lucha revolucionaria, se irán desnaturalizando al entrar en una espiral de desgaste, hasta ser pulverizadas a manos de las administraciones de gobierno de las últimas cuatro décadas, pero no podía ser de otra forma. El proceso inició cuando llegó el corporativismo a nuestra realidad nacional, se pervirtió el sindicalismo y se erigió el Partido de la Revolución Institucional en su ejemplo más acabado, o acaso ¿ha habido un partido más populista que él? Tres sectores dijo tener: campesinos, obreros y burócratas, a los que respondería. Los mismos tres sectores que hoy luchan por sobrevivir frente a la crasa expoliación del gran capital en manos de un grupo cada vez más reducido y empoderado de los recursos de la Nación.
Sí, el populismo mexicano fue congruente con su homólogo europeo: generó un partido único que se dice defensor del pueblo pero es el primero en permitir y fomentar su explotación. La diferencia es que en México tenemos una versión más sofisticada: contamos con una pluralidad nominal de opciones políticas que en el fondo son lo mismo. Por eso cuando Mario Vargas Llosa, el mismo que hace unos meses se pronunció contra el separatismo catalán, nos advierte de los peligros de retornar hacia una democracia populista, demagógica, porque sería un “suicidio” para el pueblo mexicano, evidencia que bebió de la fuente del olvido. Olvidó que hemos vivido en el populismo desde hace 80 años y que no importa el partido que “triunfe” en la contienda electoral: con mayor o menor radicalismo, seguiremos instalados en él. Además, la moda imperante en el mundo es la antidemocracia y ésta comanda desde el poder con los Trump, Putin, Erdogan, Le Pen y demás Berlusconis que pululan en el mundo y México no es excepción.
Sin embargo, el verdadero responsable de las tragedias que padecen los pueblos no son los ismos, el dictador ni la partidocracia en turno. Somos todos nosotros cuando por incapacidad, desidia o miedo, perdemos la oportunidad de desarrollar un proyecto de Nación y consentimos que la lucha por el poder, sin importar partido ni coalición, se de desde la amoralidad, teniendo por objetivo único cooptar y servirse del poder al margen del pueblo.