El poeta chiapaneco, de 81 años, publica su nueva obra que concibió, dice en entrevista con Excélsior, ‘como un viaje que se apropia de las voces de mis muertos’

Juan Carlos Talavera/Excélsior/Ultimátum
CDMX
La poesía es una tercera realidad y una tercera naturaleza que está en todo, en los libros que leemos e incluso en los que no hemos leído”, dijo a Excélsior el poeta Óscar Oliva (Chiapas, 1937), integrante del grupo La espiga amotinada, junto con Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda, Jaime Augusto Shelley y Jaime Labastida, que hoy presentará Lascas, su más reciente poemario, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
El poemario está pensado a la manera de un viaje que se apropia de la voz de sus muertos, que capta el eco de sus antepasados y de poetas como Hesíodo, Rubén Darío, Lucrecio y Walt Whitman, a partir de retazos de palabras que son lajas de obsidiana en forma de flecha, lanza y estilete punzocortante. Son versos llenos de memoria y esperanza que hacen un homenaje a Juan Rulfo y a Salvador Díaz Mirón.
Autor de libros como Estado de sitio y Trabajo ilegal, Oliva recordó que una de las imágenes que le ayudaron a colocar los primeros peldaños en este compendio fue la de un hombre inclinado, con una piedra en la mano que le permitía romper otras piedras para construir la punta de una flecha o de un cuchillo.
“En ese instante me percaté de que ese hombre y esa mujer estaban transformando la naturaleza, transformaban el mundo y al mismo tiempo se transformaban a sí mismos. Así nació la primera palabra, que sumó varias palabras hasta que formaron un verso, un párrafo, un bloque y un fragmento de lo que había en la imaginación”, aseguró.
Y a medida que las palabras se iban acumulando, el lenguaje utilizado era semejante a esos trozos de palabras que, a veces son muy filosas y otras no tanto. Fue cuando descubrí que la palabra lasca no sólo es bastante musical, sino que encierra un movimiento y contiene su propio ritmo. Ahí recordé el único libro que el gran poeta Salvador Díaz Mirón (1853-1928) publicó en vida, llamado Lascas (1901) y decidí hacerle un homenaje”.
Pero lascas también es una palabra que remite a actos muy antiguos, reconoció Oliva, como al instante poético en que se enciende una fogata, al momento creativo en que se talla una inscripción o se crea un instrumento de guerra para desmembrar algún animal o cortar alguna piel.
“Yo quería hacer un libro y, sin pensar ni imitar al gran Pedro Páramo de Juan Rulfo, intenté crear un escenario donde todos los personajes estuvieran muertos. Pero esos personajes que irían apareciendo serían mis abuelos, mis bisabuelos o los tatarabuelos que no conocí. Seguro los conocí a través de la memoria de mi abuelo paterno y de mi propio padre. Digamos que era un tiempo que quería recobrar a través de un viaje a lo Proust”.
Pero Lascas no es sólo un viaje familiar al pasado, dijo, porque en sus páginas surgen otras voces de grandes poetas muertos, como el griego Hesíodo, la danesa Inger Christensen o el propio Miguel de Cervantes.
“Esas otras voces se añadieron a la mía y se sumaron a mis familiares muertos. Fue así como me convertí en una especie de orquestador de esas distintas voces y acontecimientos totalmente imaginarios”.
¿Por qué eligió como residencia la voz de los muertos? “Porque son muy potentes y vigorosos”.
¿De dónde proviene su poesía? “La poesía es una tercera realidad y una tercera naturaleza que está en todo: en los libros que leemos e incluso en los que no hemos leído. Lo mismo que me pasaba cuando quería que algún personaje entra al libro, como el gran Rubén Darío, a quien imaginé hacia el final de sus días, silencioso, viajando sobre una carretera de Chiapas que fue construida a finales del siglo XIX”.
ARQUITECTURA VERBAL
Integrante de La espiga amotinada, Oliva reconoció que ese grupo no sólo fue su refugio del saber, sino la cuna del amor.
“Lo que quedó de La espiga amotinada sólo es mucho amor. Yo guardo un profundo amor a mis cuatro compañeros, con los que participé en el grupo: Juan Bañuelos y Eraclio Zepeda, que ya están muertos; Jaime Labastida y Jaime Augusto Shelley, porque sin ellos no habría podido escribir poesía. Fueron mis verdaderos maestros, más que la lectura de Whitman o de Rimbaud, ellos me motivaron a escribir y me enseñaron los distintos caminos para la poesía”, como lo reafirma en libros como Lienzos transparentes, Estratos y en la antología La realidad cruzada de rayos.
¿Por qué no podía faltar el movimiento de 1968 en este libro?, se le cuestionó. “El movimiento de 1968 siempre ha estado en mi obra. Sobre todo, a partir de Estado de sitio (1972) todo lo que he escrito ha estado marcado por ese acontecimiento y por otros”, como el levantamiento zapatista de 1994.
“Es un hecho que me dio pie a referir, en este volumen, la violencia que surgió en Chiapas después de 1920, donde un campesino pobre llamado José Ruiz (su abuelo materno), junto con otros campesinos, participaron en la Rebelión de los mapaches”, un movimiento que se opuso a la Revolución Mexicana y a la Constitución de 1917.
Además de la violencia histórica, el poeta desliza en Lascas el terror de nuestro tiempo, como cuando escribió lo siguiente en el apartado Lejos de casa: “Es tanta la angustia de no tener país, que no vas a encontrar más cadáveres. / No podrás soltar esa angustia hasta que la retuerzas, devanes como un hilo que se va formando en la rueca / El alma de cada hilo es tu propia alma. / No dejes que los criminales determinen el lugar donde vas a disponer el telar…”.
“Ese fragmento es muy actual, porque un poeta no se puede desprender de lo que vive, con esos cadáveres y violaciones de niñas, la persecución a los inmigrantes que vienen de Centroamérica y la violencia del gobierno hacia cualquier manifestación de lucha por lo que hemos llamado justicia y libertad…”
Sin embargo, advirtió que este poemario no es ideologizante, politizado ni doctrinario o de protesta —palabra que por cierto le cae muy mal y sobre la que prefiere no profundizar—. “Así lo dejamos, mejor. Lo que sí tengo es mucho miedo de vivir en este país, miedo de recorrer sus calles… y aunque no creo que el poeta deba vivir eternamente con temor, no dudo que por esa supuesta sensibilidad abierta que tiene deba manifestarse de muchas maneras al respecto en su obra literaria”.
¿Por eso alude a la poesía creada en lenguas originarias? “Sí, sí. Porque hay lenguas, como el mochó, que menciono en este libro, ubicada en las faldas del volcán Tacaná, de Chiapas, que apenas tiene 143 hablantes y que, quizá, esté a punto de extinguirse.
“Sin embargo, los mestizos vemos desde fuera sólo la posible desaparición de estas lenguas y no pensamos que llevan cientos de años extinguiéndose, o que los distintos sistemas políticos y de poder en México no han podido con ellas, pese a toda la violencia que han ejercido en su contra, incluso durante la Revolución Mexicana, cuando se intentó convertir a los indios en proletarios. A pesar de todo… nuestros indígenas tienen una gran fuerza y han empezado a recrear sus mitos y su cultura a través de la poesía”, menciona.
A final de cuentas, concluyó el poeta tuxtleño, “un libro de poesía es una arquitectura verbal, como ya lo dijo José Gorostiza, un edificio que en mi caso sólo buscan lectores, pero no para ser transformarlos, purificarlos o conscientizarlos. ¡Mi poesía no sirve a para eso! Sólo quisiera lectores que entraran en ella y tal vez puedan gozarla, quizá no enteramente, pero sí que logren quedarse con algunas lascas que les permitan entrar a la realidad de la imaginación”.