Desde hace décadas, los “porros” han sido sujeto esencial de la politiquería. Creación del viejo PRI, a la par que otro resto de “brazos armados”, los “Frankestein” aprendieron a caminar solos y comenzaron a venderse al mejor postor.
El 68 fue su año más visible y muchos creyeron que, a raíz del forzado cambio a etapas más democráticas, desaparecerían. No fue así. Los usan funcionarios de diversos niveles, autoridades “educativas”, organizaciones partidistas y un sinfín más, de individuos que sacan raja del poder controlar a grupos masivos, a través del temor.
Agreden a estudiantes “rebeldes”, a líderes naturales que convocan a jóvenes, que buscan se escuchen sus demandas. Bloquean los intentos por cambiar el estado de cosas y paralizan a quienes se atreven a contradecir, o retar, al o los “interesados”, que, a través de estos mercenarios, “ponen orden”, trafican cargos, cobran facturas, o cualquier otra movida politiquera.
Como si fuera poco el daño, aparece el narcomenudeo. La delincuencia organizada es un filón de oro para la muchachada que se presta a servirles. Centros de estudio, de los tamaños de la UNAM, constituyen gruesos mercados, a los que llega, junto con el tráfico, la violencia.
Desterrar estas prácticas es aún más difícil, cuando se da un contubernio con empleados de las instituciones, ávidos del dinero fácil. Así se ha visto cómo –y hay videos-, encargados de la seguridad, instruyen a los porros y los azuzan a amedrentar, extorsionar, agredir a sus pares. Bien, Rector Graue, por suspender a Licona y denunciar la agresión.
La UNAM tiene agujeros negros. Un auditorio, el “Ché Guevara”, bajo la férula de un grupo de maleantes. Con todo desparpajo, habitan en el lugar y se apropiaron del edificio. No se ha podido echarlos y se hacen de la vista gorda, en relación a las actividades delictivas de los invasores.
La inseguridad en el campus, reflejo de la violencia generalizada en la República, ha crecido y los estudiantes sufren asaltos y se habla de más de una violación. Hay zonas, donde no se puede poner un pie.
Quien sufre un ataque y se atreve a denunciar, suele resultar agredido, por lo que opta por el silencio y se favorece un círculo vicioso. La vigilancia interna es inútil y la autonomía impide el ingreso de la Policía.
Expulsar a algunos de los agresores es insuficiente. Habría que llegar hasta las últimas consecuencias, lo que las autoridades correspondientes podrían hacer, en vista de que hay santo y seña de los participantes. Sobran videos del ataque, que facilitan las pesquisas, pero, ¿querrán destapar a los verdaderos autores?
Los jóvenes viven bajo acoso. Los maleantes que les roban lo poco que traen y una policía que los trata como a delincuentes. Sobran ejemplos de este asedio.
El horno no está para bollos. La transición al nuevo régimen es un momento delicado. En el río revuelto del cambio, son muchos los que intentan sacar raja. Hay resentimientos de personajes frustrados, duchos en el arte de mover las aguas. Manipulan a rijosos y tienen los medios económicos para desestabilizar.
La juventud está harta de vivir en la incertidumbre. De que se les ignore, a extremos que faltaban maestros en el plantel de Azcapotzalco y la directora, omisa a sus obligaciones. Quieren calidad académica y seguridad en las aulas y fuera de ellas. Veremos si en verdad se les escucha, o se pone una venda que tape, pero no cure, la herida profunda.