Es muy seguro que la incorporación de los negros en el futbol le dio belleza, estética y gracia y que el futbol perdió valiosos años al prohibir su integración en sus etapas tempranas

Amado Ríos Valdez/Ultimátum
TGZ
Como hemos señalado en otras ocasiones en esta columna, el futbol es un espejo de la sociedad. Cierto es que es un espejo que deforma la realidad porque todo es magnificado, producto natural de la incesante exposición a los medios de comunicación y al volumen gigantesco de recursos económicos e intereses de toda clase que se mueven alrededor.
Este espejo ha desnudado en muchas ocasiones las pasiones más bajas de la sociedad, como la violencia irracional, el fanatismo exagerado, el racismo y la discriminación; pero también nos ha dejado numerosos ejemplos de valentía, heroísmo, liderazgo, compasión y solidaridad. El futbol refleja lo que somos como sociedad, lo bueno y lo malo, lo gris y lo multicolor.
Una de las expresiones más añejas de la sociedad y del futbol mismo fue y ha sido el racismo. El futbol nace entre las clases privilegiadas y los colegios privados de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, se distribuye mundialmente de la mano del colonialismo y la expansión industrial británica y llega finalmente a los suburbios y las clases trabajadoras, en donde adquirirá carta de residencia permanente.
En estas etapas iniciales los clubes de futbol inglés solo competían entre sí y excluían jugadores nativos, fueran blancos o de cualquier color, fueran pobre o ricos. La primera discriminación se dio en torno a lo británico de los futbolistas. En México los primeros clubes de futbol, todos de origen inglés y con futbolistas exclusivamente ingleses, prohibían, so pena de expulsión, alinear jugadores mexicanos. El futbol era el deporte de los conquistadores.Pero pronto se arraigó el juego entre los nativos y surgieron clubes de futbol con jugadores mexicanos, con obreros de los ferrocarriles, de las mineras y de las textileras de capital inglés. El futbol transitó rápidamente hacia los terrenos de los conquistados y los desposeídos para nunca más abandonarlos.
En el resto del mundo ocurría lo mismo, el futbol se arrancaba su piel blanca y acomodada, para adquirir con rapidez inusitada una piel café y negra, un ritmo caribeño, africano, de samba y tango. Pasó de ser un juego con ritmo de vals y reglas estrictas a un futbol alegre, pícaro, loco y rumbero.
La discriminación racial hacia los negros y mulatos en el futbol fue el último grito de defensa y desesperación de un pasado aburrido, timorato y excluyente.
Muchas batallas se dieron en los primeros años del futbol contra el racismo y siempre, en las canchas y en las tribunas, el racismo volvía a asomar sus narices para discriminar a los diferentes y proclamar una superioridad inexistente.
El primero al que quiero mencionar en esta historia de lucha contra el racimo en el futbol es el caso de Leónidas Da Silva, el “Diamante Negro”, el primer crack universal del fútbol brasileño. Destacó durante el Mundial de Francia de 1938 en la primera actuación brillante de Brasil en un Mundial de Fútbol. En primera ronda, marcó tres de los seis goles con los que Brasil derrotó 6-5 a Polonia. Uno de ellos, dice la leyenda de los mundiales, lo anotó descalzo porque las botas de futbol le estorbaban.
Más adelante, en la que quizás es la decisión más estúpida de los campeonatos mundiales, Leónidas no jugó porque decidieron reservarlo para la final. No sólo era una semifinal, era contra Italia, el vigente campeón. Brasil perdió y ya con Leónidas en el campo, lograron el tercer lugar y el “Diamante Negro” se proclamó goleador del torneo.
Leónidas sufrió el racismo imperante en el fútbol brasileño de la época. Sin embargo, igualmente fue parte del cambio hacia un fútbol abierto, libre de ataduras racistas. Y es que el fútbol brasileño del primer cuarto del siglo XX era ridículamente racista. Quizás por eso estuvo tan lejos de la gloria que años después lo caracterizaría. Los ejemplos abundan. Al campeonato sudamericano de 1921, por decreto presidencial, ningún jugador negro podría viajar con la selección por un asunto de “prestigio nacional”. Arthur Frienderich, de quien se dice marcó más goles que Pelé, jugó entre 1909 y 1935. Mulato, de ojos verdes, dado que su padre era alemán y su madre brasileña, jugaba con el pelo planchado para ocultar sus ancestros africanos y con la cara polveada de talco blanco para ocultar su color.
El Vasco da Gama de Río sembró la semilla del fin a la discriminación racial en el futbol brasileño al ser el primero en aceptar, prácticamente desde su fundación, a jugadores negros en la institución. Si bien inicialmente los demás clubes de Río lo excluyeron de su torneo donde sólo podían jugar blancos, eventualmente lo admitieron y en 1923, con jugadores negros en el plantel, logró coronarse Campeón Carioca. La “apertura” no evitó que el mismo Leónidas tuviese que viajar a Europa para los mundiales de 1934 y 1938 separado de sus compañeros blancos de selección, en un piso y camarotes de segunda clase, ¡Leónidas! El Diamante negro, la figura de aquella selección viajaba aparte, entre los repudiados, por ser negro.
Pero su desempeño en el mundial de 1938 lo hizo héroe, para ricos y pobres, negros y blancos. Así que una fábrica de chocolates lo contrató para ser su imagen: el chocolate ‘Diamante Negro’. La campaña fue un éxito. Incluso el Flamengo, uno de los clubes que se había negado a participar en una liga con negros, cedió a la calidad de Leónidas y lo contrató en 1936. Costó, pero Leónidas abrió el camino para la gloria eterna del fútbol brasileño.
El futbol brasileño y las glorias alcanzadas desde 1958 no se explican si la aportación brillante y alegre de sus mejores futbolistas, negros en su mayoría: Pelé, Didí, Garrincha, Carlos Alberto, Jairzinho, Clodoaldo, Romario, Ronaldo, Ronaldinho, Ze Roberto, Vampeta, Sócrates, Neymar.. y una lista interminable de figuras mundiales brasileñas. Sin duda, su mejor decisión fue aceptar su identidad multirracial y multicultural, así su futbol se enriqueció y los aficionados del mundo pudimos disfrutar de la magia y el “jogo bonito” del mejor Brasil.
Eduardo Galeano, en una de sus crónicas del libro “El fútbol a sol y sombra”, nos recuerda que Uruguay fue la primera selección nacional del mundo a incluir negros entre sus jugadores. Cuenta cómo, en el primer campeonato sudamericano, Chile pidió la anulación del partido que había perdido ante aquella selección porque dos de sus jugadores eran “africanos”: Isabelino Gradín y Juan Delgado, bisnietos de esclavos y autores de dos de los cuatro goles que propinó la selección uruguaya a la chilena. La historia del fútbol es también la historia del racismo en el deporte, marcada por la humillación y el ataque sufrido por los jugadores negros tanto dentro como fuera de los estadios.
A Isabelino Gradín, como estrella fugaz, le fueron concedidos tres deseos: que brillara en canchas y pistas, que le cantaran los poetas y que no se le olvidara”, se lee en el Libro de Oro del centenario del Peñarol. Gradín fue extremo izquierdo del club uruguayo durante seis temporadas. Descendiente de africanos de Lesoto, se crió en el barrio de Palermo, en Montevideo, y defendió los colores de Peñarol, de la selección uruguaya y del club de atletismo Olimpia. Fue el primer goleador de la Copa América (1916), pero, sobre todo, fue el primer jugador negro en la historia de una selección. Enganchado también al atletismo, su otra pasión, ganó nueve medallas en los campeonatos sudamericanos.
Eduardo Galeano recordaba, en el libro citado, cómo la gente se levantaba de las sillas para ver a Gradín. “La gente se levantaba de sus asientos cuando él se lanzaba a una velocidad pasmosa, dominando la pelota como quien camina, y sin detenerse esquivaba a los rivales y remataba a la carrera. Tenía cara de pan de Dios y era un tipo de esos que cuando se hacen los malos, nadie les cree”, escribió.
La incorporación de los negros en la selección uruguaya brindó su mayor fruto cuando en 1950 disputaron el mundial en Brasil. El equipo uruguayo conquistó la copa en Brasil, venciendo en la final al equipo local en el evento conocido como el “maracanazo”, por suceder en el Estadio de Maracaná de Río de Janeiro y ante casi 200 mil personas. Esa selección uruguaya enfrentó a la selección de Brasil, absoluta favorita y pese a estar abajo en el marcador por 1-0, logró dar la vuelta y vencer al final por 2 a 1. La selección uruguaya estaba capitaneada por un mulato alto y fuerte pero con corazón de niño, el gran Obdulio Varela.
Galeano se asombró al enterarse de otra historia y la narró en su estupendo libro “Espejos, una historia casi universal”. No lo dudó: ese episodio debía ser incluido allí, entre esos textos en los que hablan los que no tienen voz, en los que los callados gritan su verdad mentida por la versión oficial. “Hitler estaba frente al palco, en el sitial de privilegio del estadio en el partido entre Perú y Austria. Perú ganó 4-2 a pesar de que el árbitro, para quitarle disgustos al Führer, anuló tres goles peruanos. Los dirigentes de la época, la FIFA y el Comité Olímpico, se reunieron esa misma noche y anularon el partido. La delegación peruana, ejemplo de dignidad, se retiró de la competencia”. Entonces, también recordó que a aquel equipo sin olvido le decían “El Rodillo Negro”, por su condición arrolladora y por el color de la piel de varios de sus integrantes. Y así Austria accedió a las semifinales, a pesar de la humillación que habían sufrido en el campo de juego. Ya en esa instancia, el país de Hitler venció 3-1 a Polonia. En la final por el oro, Italia le ganó 2-1 en tiempo suplementario y se consagró. Benito Mussolini -líder de Italia- y Hitler, de algún modo, se colgaron las dos medallas más valiosas.
Sin embargo, el racismo en el futbol no es cosa del pasado. Eduardo Galeano cuenta otra anécdota, ahora en su libro póstumo “Cerrado por futbol”: “En el año 2001, resultó sorprendente el partido de fútbol entre los equipos de Treviso y Génova. Un jugador del Treviso, Akeem Omolade, africano de Nigeria, recibía frecuentes silbidos y rugidos burlones y cantos racistas en los estadios italianos. Pero en el día de hoy, hubo silencio. Los otros diez jugadores del Treviso jugaron el partido con las caras pintadas de negro.” Y existen fotos de esa osadía y ese gesto de solidaridad.
Y también recientemente se ha difundido un documental llamado “Les Bleus” (está en Netflix), en donde se narra la transición de la selección francesa ganadora de la copa del mundo en 1998, y los elogios logrados con jugadores de diversos orígenes como Thuram, Desailly, Karembeu, Zidane, Djorkaeff y demás. Fue la generación “black – blanc – beur” (negro – blanco – árabe) que unió a Francia dentro de ese orgullo nacional tan vano y tan genuino a la vez que solo el fútbol puede dar. En la apoteosis aquella generación fue alabada y vitoreada, en los momentos bajos les recordaron su origen, fueron tratados como “gentuza” y la tensión étnica se puso de manifiesto. Las posteriores derrotas de esta generación fueron caldo de cultivo para las expresiones segregacionistas de la ultra derecha. “Les Bleus” trata mucho de estas tensiones entre la Francia blanca con la nueva Francia africana y árabe que está inserta pero no del todo en la sociedad europea contemporánea. La fluctuación entre convivencia y tensión al vaivén de los resultados de una selección de fútbol.
Pero finalmente el futbol es un juego pluriétnico y pluricultural, en el que la riqueza de la diversidad fortalece y multiplica sus posibilidades de gozo y diversión. Es muy seguro que la incorporación de los negros en el futbol le dio belleza, estética y gracia y que el futbol perdió valiosos años al prohibir su integración en sus etapas tempranas. Siendo la incorporación de los negros, mulatos y latinos, una aportación de rumba, picardía, gambeta y fiesta, no sería raro que Messi sea negro, aunque no lo parezca y él no lo sepa.