* López Obrador, rehuir debates presidenciales de precampaña
* Argumento sin sustento: Me quieren echar montón

Roberto Domínguez Cortés/ImpactoRevista/Ultimátum

El Instituto Nacional Electoral (INE) había determinado limitar la comparecencia de los candidatos presidenciales a sólo tres debates. El 22 de abril, en la Ciudad de México, sobre corrupción, seguridad pública y violencia. El 20 de mayo, en Tijuana, para abordar la problemática del comercio exterior, seguridad fronteriza y migración, en alusión a los insultos de Donald Trump a México. Y, finalmente, el 12 de junio, en Mérida, para discutir los temas de crecimiento económico, pobreza y desigualdad.
Lo bueno para José Antonio Meade y Ricardo Anaya, y lo malo para López Obrador, fue que la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, por unanimidad de los siete magistrados, decidió revocar el acuerdo del Consejo General del INE que prohibía la comparecencia de los candidatos durante el tiempo llamado intercampañas y, así, permitir que los aspirantes presidenciales también debatieran en el periodo de intercampañas.
Dos fuerzas diametralmente opuestas se declararon por el debate, y no debate, en ese espacio de limbo político. El recurso en contra de la determinación del INE lo promovió la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión (CIRT), desde luego, la beneficiaria directa del despliegue mediático a favor o en contra de algunos de los candidatos para minimizarlo o impulsarlo como el favorito de las preferencias electorales.
Del otro lado, el partido Morena, de López Obrador, y su adlátere, el PT, hicieron cuanta promoción estuvo a su alcance para evitar un debate con sus dos opositores, en una evidente preocupación por la desventaja intelectual y retórica de su líder Andrés Manuel López Obrador.
Los argumentos de López Obrador para sujetarse, exclusivamente, a los tres debates presidenciales en el periodo electoral no tienen sustento. Según el dueño de Morena, le quieren echar montón porque ellos –Meade y Anaya- se están peleando el segundo lugar, 20 puntos abajo de nosotros diría Andrés Manuel.
La afirmación, en sí misma, es un contrasentido, primero, porque al igual que en la campaña del 2012 aseguraba una ventaja inalcanzable aun cuando sus predicciones no tuvieron ningún sustento y, al final, perdiera por más de siete puntos. Después, porque si la ventaja pregonada por AMLO es real, y la concepción del electorado sobre su triunfo anticipado inobjetable, mientras mayor número de debates se dé, lejos de perder puntos, López Obrador tendría la inigualable oportunidad de aumentar la ventaja sobre su más cercano contendiente.
Y, finalmente, porque limitar la comparecencia de los candidatos presidenciales a tan sólo tres debates es una forma institucional encubierta de atentar en contra de la libertad de expresión y dar la oportunidad de esconderse ante el electorado para evitar exhibir la frágil candidatura que López Obrador ha ostentado durante 12 años, en tres campañas presidenciales.
Andrés Manuel ha lanzado demasiados epítetos en contra de sus adversarios como para desaprovechar la oportunidad de reafirmar sus severas críticas en su contra.
En un debate tiene el inmejorable escenario para destacar los negativos que les han endilgado a Anaya y Meade. Uno acusado de hacer negocios al amparo de posiciones privilegiadas y el otro de cargar, a cuestas, con la corrupción de 89 años de priísmo.
El problema para Andrés Manuel es que no tiene un discurso coherente y articulado. No es lo mismo hacer declaraciones de banqueta, en que las respuestas tienen un tono personal y sin réplica de contraparte, que responder, de inmediato, a señalamientos virulentos con o sin sustento de dos contrincantes de peso completo. Desconoce el candidato de Morena que el debate es parte de la democracia, y su evasión una forma de intolerancia de la que ha dado sobradas muestras.
Esa desafortunada expresión de tres veces “no, no, no. Nosotros ya vamos a estar en los tres debates porque nos van a querer dañar… porque ellos están muy atrás… y piensan que así van a remontar su desventaja” es un aforismo innecesario si se tiene el sustento real de una base electoral sólida.
Con su pregón anticipado, López Obrador exhibe ante el electorado y la ciudadanía la ausencia total de la fortaleza política necesaria para mantenerse inamovible en el primer lugar de las encuestas cuando la verdadera encuesta será, el 1 de julio, en las urnas.
Además, es inconsistente con lo que tantas veces ha vociferado: “Soy honesto. Y el que es honesto es indestructible.” Con ello demuestra que no lo es tanto y que dos o tres debates adicionales pueden poner en peligro una candidatura tejida, durante 18 años, desde el viejo edificio del Departamento del Distrito Federal.
Ahora, la disyuntiva del “Peje” de Macuspana es ir o no ir al o a los debates intercampañas. Si va malo, y si no va peor. Si opta por lo primero seguro pasará severas dificultades para lidiar con adversarios que lo superan en tribuna, retórica y conocimientos. Y si opta por la ausencia deliberada, la premonición de Ricardo Anaya cobrará vigencia, a propósito del reto abierto: “Vamos a ver si tiene las ideas, el valor y los pantalones”.
Hasta la independiente Margarita Zavala se ha sumado al “montón” del que se duele López Obrador: “Estoy lista para debatir con quien sea, sobre todo con Andrés Manuel López Obrador, aunque ya sabemos que lo suyo no es el debate… lo suyo es el descalificar”. No le falta razón a Zavala. A Jesús Silva Herzog lo ha calificado de fifí, a Aurelio Nuño de señoritingo y, en el 2006, de chachalaca a Vicente Fox.
Por eso, negarse a debatir con el solo pretexto de que acudirá únicamente a los tres encuentros organizados por el INE lo puede remitir al 2006, cuando se abstuvo de acudir al primer debate y, en parte, esa decisión le causó perjuicio electoral ante sus seguidores.
A lo mejor los debates intercampañas propuestos son una trampa, pero tiene la ineludible decisión de enfrentarla, pues de otra manera los medios y las redes sociales lo harán su blanco favorito para presentar una silla y un micrófono vacíos, el espacio que por temor, y segunda ocasión, no quiso ocupar López Obrador.
En la Convención Bancaria de Acapulco, Andrés Manuel ya tuvo la primera llamada de lo que los hombres del poder y el dinero esperan para el 2018. Como estaba previsto, José Antonio Meade fue el más ovacionado, y hay razón para ello. En su doble paso por la Secretaría de Hacienda estableció una sólida relación con bancos y banqueros dispuestos a apoyar el proyecto transexenal de Peña Nieto, además de que se dirigió a ellos en su mismo lenguaje.
En cambio, López Obrador, en previsión de un fraude electoral, sentenció: “Si las elecciones son limpias me iré tranquilo a mi rancho de Palenque, pero si se atreven a hacer fraude también me voy a Palenque y a ver quién va a amarrar al tigre. El que suelte al tigre que lo amarre; ya no voy a estar deteniendo yo a la gente”.
Sólo que como Andrés Manuel va a decidir, en solitario, si hay fraude o no, el tigre, de todos modos, va a irrumpir en el escenario político. Y eso causó preocupación en Acapulco. Ampliaremos…

hojas_libres@hotmail.com