El próximo 10 de diciembre termina la campaña de 16 días de activismo contra la violencia de género, pese a que esta gran cruzada sumó a millones de personas que manifestaron abiertamente el rechazo y repudio a todas las formas de violencia en contra de las mujeres, su trascendencia y sus alcances darán resultados en la medida en que tengamos plena conciencia de que una sociedad democrática podrá crecer y desarrollarse armónicamente, si y solo si, tanto hombres y mujeres vivamos en condiciones de igualdad. Esto implica, y pareciera ser una verdad de Perogrullo, tener los mismos derechos, las mismas obligaciones y las mismas oportunidades para vivir en sociedad.

Se ha vuelto tan trillado hablar y exigir la igualdad entre los géneros, que en el imaginario colectivo se ha instaurado la idea de que sólo es una consigna de la lucha femenina y una utopía a la que aspiramos únicamente las mujeres. Sin embargo, hemos demostrado con basta estadística y evidencia empírica las implicaciones y los costos sociales cuando existe violencia y subordinación entre géneros.

Lamentablemente, también debemos asumir que este cáncer social tiene su origen en el seno familiar donde comenzamos a heredar prácticas culturales –inofensivas e intrascendentes– y formar patrones de conducta, que muchas de las veces son el origen de las diferentes formas de violencia física, psicológica y simbólica.

Por ello se vuelve fundamental visualizar y concientizar sobre todas las formas y los factores que influyen en el fenómeno de la violencia de género. Por ejemplo, la hipersexualización infantil es una tendencia sexualizadora de las niñas y niños, tan incorporada en nuestras sociedades contemporáneas, que pasa desapercibida entre los propios padres y personas adultas.

El Informe Bailey refiere que la hipersexualización en niñas significa “la sexualización de las expresiones, posturas o códigos de la vestimenta demasiado precoces”. Este fenómeno se desarrolla en el sistema económico mediante: la publicidad, que utilizan a niñas posando y actuando como adultas; la industria de la moda que promociona y vende ropa inapropiada para menores de edad (minifaldas, tops e incluso lencería y tacones); series de televisión y programas infantiles donde las protagonistas están excesivamente maquilladas y vestidas de forma exagerada; videos y canales en línea donde niñas realizan tutoriales de maquillaje; salones de belleza y spas para que las niñas se comporten como adultas y pedir tratamientos, faciales, cortes, manos y uñas.

El que la infancia esté cada vez más erotizada tiene graves implicaciones, porque van introduciendo de forma sutil el erotismo prematuro en el inocente mundo infantil de las niñas. Desde hace muchos años la Asociación de Psicología Americana advirtió su preocupación de que las niñas a partir de los cuatro años son bombardeadas con modelos de éxito social que triunfan gracias a sus atributos físicos, a las medidas que el mercado impone, pero no por sus cualidades personales y profesionales.

Los efectos en el desarrollo normal de una niña son los que se derivan de romper el equilibrio y saltarse etapas. De acuerdo a dicho estudio, en Francia el 37 por ciento de las niñas asegura estar a dieta (han aumentado los casos de anorexia y bulimia en edades de cinco y nueve años), y sus conversaciones giran en torno a la moda y el peso ideal. Lo anterior se debe a las estimulaciones que reciben de la televisión, las revistas juveniles e internet, que las lleva a asumir con naturalidad su condición de objetos sexuales, y a considerar que la sociedad las va a cotizar en función de lo atractivas que resulten para los hombres.

Esta hipersexualización de las niñas las vuelve vulnerables a adoptar conductas violentas y erróneas que repercutirán en su vida adulta. Además de que abre la ventana para que sean víctimas de otros tipos de violencia. En México debemos tomar en serio este fenómeno y buscar las mejores experiencias internacionales para regular la publicidad, concientizar a los padres y permitir que las niñas y niños mexicanos se desarrollen integralmente conforme a sus etapas de vida.