La Estafa Maestra argentina

Leonardo Núñez González/La Razón/Ultimátum

La corrupción tiene un lenguaje e idiosincrasias muy particulares, dependiendo del lugar en que uno se encuentre; sin embargo, tiene una serie de características muy similares, sin importar la latitud en que uno se encuentre. Por ejemplo, un soborno en México usualmente es conocido como una “mordida”, mientras que en Argentina se le llama “coima”, y aunque sus nombres son diferentes, operan de manera similar.
Hoy, Argentina está patas arriba por lo que se conoce como “Los cuadernos de las coimas”, una serie de libretas en las que un discreto chofer, Óscar Centeno, llevó nota durante diez años de los detalles, destinos, personas y resultados de las visitas de su jefe. A quien trasladaba era a Roberto Baratta, quien era la segunda persona más importante del Ministerio de Planificación Federal. Para tener una idea de la importancia de este puesto, hay que señalar que este Ministerio fue creado por Néstor Kirchner y mantenido por su esposa, Cristina, como una superoficina que concentró lo que antes eran los ministerios de Obras Públicas, Comunicaciones, Trabajo y Previsión, Industria y Comercio, así como varias oficinas de los de Economía y Presidencia. Prácticamente toda la inversión, infraestructura, relaciones patronales, así como las políticas de comercio, producción, y hasta energía, pasaban por un mismo escritorio.
Con tanto poder centralizado, prácticamente cualquier asunto económico o industrial tenía que ser tratado en esa ventanilla y, de manera no muy sorprendente, la corrupción comenzó a florecer como parte de la operación diaria del kirchnerismo. Si un empresario quería tener un jugoso contrato con el gobierno, Baratta era la persona encargada de gestionar el cobro de su respectiva coima. De acuerdo con los apuntes del chofer, había ocasiones en que pudo contar en primera persona miles de dólares en bolsas; mientras que en otras ocasiones, era tanto el dinero, que lo mejor que pudo apuntar era el peso aproximado de las bolsas con billetes.
Estos cuadernos llegaron a las manos de Diego Cabot, un periodista del diario argentino La Nación, en enero de este año. Durante cuatro meses, y en el más absoluto secreto, comenzó a trabajar para descifrar, sistematizar y verificar todas las anotaciones que se apilaban en las ocho libretas. Sin embargo, el periodismo dio un paso hacia delante y una vez que concluyó la investigación y había una idea precisa de quiénes estaban involucrados, decidieron posponer la publicación de la nota, para dar sus hallazgos a las autoridades.
Durante otros cuatro meses, la fiscalía y el juez a cargo tomaron el trabajo de los periodistas y lograron armar un caso en el que estaban presentes dueños y altos funcionarios de muchas de las empresas más grandes de Argentina. En una acción sin precedentes en Argentina, el primero de agosto se ordenó la detención de todos los empresarios involucrados y ha comenzado una tormenta en la que, en el afán de buscar un acuerdo con la justicia, todos han comenzado a delatar a todos, mostrando la operación de un entramado de corrupción gigantesco. En todos lados se cuecen estafas maestras; ahora hay que ver hasta dónde llega este caso una vez que ha sido abierto.