Cuando en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari concluyó la negociación de la firma del Tratado de Libre Comercio, la revista Proceso cabeceó en su portada: “Tronó el campo” en referencia a las desventajas que para el agro mexicano representaba este Tratado.
Hubo preocupación y tensión de momento, pero también hubo calma cuando se explicó que el capítulo referido al campo quedaría pendiente y que pasarían cuando menos dos años para pasar al trato directo. En tanto todo siguió funcionando sin alterar la normalidad en los ciclos respectivos de producción y comercialización.
Los expertos manifiestan que después del desplome de la producción agrícola mexicana debido a la competencia a la que se vieron sometidos los agricultores con los de Estados Unidos, casi el 80 por ciento del arroz que se consume aquí es importado, así como el 31 por ciento del maíz y el 65 por ciento del trigo. También el empleo se ha desplomado en el sector y son miles los productores que han perdido sus empleos, lo que ha recrudecido la pobreza.
Por esto tiene fundamento el señalamiento hecho por el dirigente de la Unión General de Obreros y Campesinos de México en Chiapas, Ángel Albino Corzo Velasco, cuando afirma que “el campo chiapaneco está muerto, en total abandono y retroceso ya que los apoyos y subsidios que llegan de la federación y del estado, son raquíticos y no garantizan una buena producción de maíz”.
Dijo que la producción de maíz presenta una baja del 80 por ciento, ya no es aquella producción de un millón de toneladas que los informes oficiales insisten en mantener, cuando la verdad es que se producen 200 mil toneladas.
El panorama que advierte este dirigente, nacido en las entrañas del campo, con educación universitaria, es deprimente cuando productores de maíz y de frijol, la mayoría de la tercera edad, apenas subsisten con lo que producen y venden.
El campo envejece por la ausencia de jóvenes que ante la falta de oportunidades y apoyo, han tenido que emigrar a otras regiones dentro y fuera del país, porque no quieren ceñirse a los estragos de la miseria. Muchos de esos jóvenes han logrado estudiar una carrera universitaria, pero se alejan de su terruño, no retornan a él porque no quieren convertirse en parias, cuando saben que su profesión les puede abrir puertas lejos de su estado. Son los jóvenes que mandan sus divisas a un campo depauperado para que su familia pueda subsistir o sobrevivir.
Es un drama lo que ocurre en el campo chiapaneco al que debían concurrir para fortalecerlo, todas las dependencias federales y estatales que algo tengan que ver con su desarrollo, es mejor un esfuerzo conjunto a una labor aislada que termina siendo infructuosa por la falta de coherencia.
Nuestros campesinos son pobres y dentro de ellos se cuentan los cafeticultores que también sufren los estertores de la pobreza, es un numeroso grupo de indígenas el que cultiva café en cantidades insignificantes y es lo que les proporciona el sustento diario.
La grandeza el maíz chiapaneco ya no existe, la mazorca de oro de la frailesca de tanta traición y prestigio, arrió su lozana bandera con la esperanza de que algún día vuelva a resurgir.
Algo, mucho hay que hacer por el campo chiapaneco por la multitud de seres humanos que dependen de él y que se están consumiendo por no encontrar alternativas ante la desigualdad a que los condujo el Tratado de Libre Comercio con América del Norte que si bien, presenta algunas ventajas para México, es desfavorable para el agro mexicano y lo mejor fuera que el capítulo se revisara, ahora que está en negociación.