Fredy Lopez Arévalo/Ultimátum

El litoral del Pacífico chiapaneco podría ser un motor fundamental para el desarrollo económico de Chiapas. Pero no lo ha sido y no lo será mientras seamos ajenos al mar y permanezcamos indiferentes al abandono secular en que viven los mareños. Basta voltear la mirada a los pequeños pueblos polvorientos, sin drenaje ni calles encementadas que viven en el completo abandono institucional, como en Boca del Cielo y Pueblo Nuevo, en el municipio de Tonalá, donde en pleno siglo XXI sus calles son de tierra, no tienen clínica de salud y los niños que asisten a las pocas escuelas que existen en la región carecen hasta de muebles.
Son pequeñas aldeas de pescadores, como Paredón y Boca del Cielo, en Tonalá, donde los habitantes comparten la pesca con la actividad turística, la venta de cocos y algunos se han enrolado con bandas de narcotraficantes internacionales que introducen narcóticos en embarcaciones ligeras o por avionetas que surcan el mar desde Sudamérica.
Desde la playa con frecuencia se divisan embarcaciones veloces que transportan indocumentados de Las Palmas hacia Huatulco, misma ruta que se asegura sigue el trasiego de cocaína hacia los Estados Unidos.
Las actividades ilícitas van en aumento, y las autoridades federales, estatales y municipales poco hacen para generar oportunidades de empleo en nuestra frontera marítima, donde miles migran a diario hacia los Estados Unidos en busca de las oportunidades que Chiapas no les ofrece. Nuestro mar patrimonial queda a merced de flotillas de barcos tiburoneros, atuneros y camaroneros que llegan a surtir sus redes desde Mazatlán, Sinaloa, porque en Chiapas carecemos de industria pesquera, salvo la empacadora Herdez instalada desde hace muchos años en Puerto Chiapas.
Los nativos de Boca del Cielo cuentan con embarcaciones muy precarias para la pesca en el estero y el transporte turístico, no tienen capacetes ni cuentan con asientos, y no son aptas para pescar en alta mar.
Y quienes viven en la isla apenas hace dos años les suministraron energía eléctrica y el agua entubada la conectaron apenas la semana pasada.
“Solo pedimos que el nuevo gobernador nos volteé a mirar, nomás eso pedimos, porque el que ya se va nada nos apoyó, sólo esos enormes espectaculares donde dice que algo hizo, pero en otro lugar, porque aquí nada dejó…”, dicen lugareños.
Y vaya que los sueños de los lugareños son cosas simples. Por ejemplo los mayores sueñan con una plazuela en un terreno comunal que le han ganado al mar, para que los muchachos tengan donde pasear y enamorarse, como en casi todas partes existe. Pero en Boca del Cielo hasta de eso carecen. Los niños y jóvenes no tienen un lugar para el esparcimiento y por eso hay mucha vagancia.
Juan Ramón Natarén, nativo de Boca del Cielo sabe por los turistas que poseen un pequeño paraíso, que tiene gran potencial, pero a la fecha solo cuentan con palapitas maltrechas que ofrecer. No hay inversión pública para mejorar el lugar…
“Necesitamos que nos apoyen con créditos para mejorar nuestras palapas, para comprar mejores motores y para equipar nuestras lanchas, pero ahí está pué que nadie nos quiere ayudar”. Los pescadores de Boca del Cielo, al igual que en el resto de aldeas ribereñas, se hacen a la mar en sus frágiles lanchas con motor fuera de borda, sin brújula, solo orientados por las estrellas, como era antes.
Algunos son tiburoneros, pero los más sobreviven de la pesca menor: dorados, tecasontes y lisas.
El turismo sigue prefiriendo Puerto Arista, porque ahí hay hoteles de lujo, albercas, y discotecas, y porque los porteños rentan cuatrimotos para pasear por la playa. Pero en la isla Boca del Cielo la playa está más limpia y en el estero se puede nadar con mayor seguridad, porque el mar Pacífico siempre es muy violento. Del lado del estero de Boca del Cielo los pescadores mejor equipados han comenzado a ofertar algunos servicios para el entretenimiento de los turistas, como bananos y donas jalados por lanchas, y algunos incluso practican esquíes o montan en motos acuáticas; otros ofrecen viajes por los canales para el avistamiento de aves y de cocodrilos en la parte más profunda, hacia Madre Sal, donde las aguas son más turbias.
La pesca en el estero es rudimentaria y escasa, pero también representa un atractivo turístico: ver a los pescadores en sus canoas a remo tirar sus atarrayas o sumergirse con snorkel en búsqueda de conchas enormes que llaman ‘casco de mula’ y que ofrecen prácticamente vivos a los visitantes.
Por eso los pescadores confían en que el nuevo gobierno, el federal y el estatal, volteen los ojos al mar y vean el potencial enorme que Chiapas tiene en el litoral del Pacífico, que se extiende hasta la frontera con Guatemala: La isla de Boca del Cielo, Cabeza de Toro, el estero de Chocohuital, las Palmas, Puerto Madero y La Escollera, en el litoral, que es la línea de contacto entre mar y tierra firme. En la zona esteárica se encuentran numerosas barras, lagunas, playas y esteros que aún conservan un ambiente natural, como la bahía de Paredón, a 12 kilómetros de Tonalá, donde se encuentran las playas del Mar Muerto y Puerto Arista, el principal centro vacacional de Chiapas. Recuerde, lo leyó en su Diario Ultimátum.

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