Este Refugio le abre las puertas diariamente a entre 35 y 40 personas indocumentadas, quienes reciben la atención que requieren, a cambio de nada; en 8 años ha atendido a cerca de 9 mil

Christian González/Ultimátum
TGZ
Perseguidos y violentados por la pandilla Mara Salvatrucha en sus lugares de origen, miles de centroamericanos comienzan el éxodo, la mayoría de veces, solo con una mochila, unas cuantas monedas y el sueño hacia lo que consideran un mejor destino, los Estados Unidos de Norteamérica. Con los pies heridos de tanto caminar y con el miedo “atorado” en la garganta tras sufrir constantes vejaciones, llegan a Chiapas, la primera escala de su peligrosa travesía.
No obstante tal agobio, hallan un “bálsamo” en la Casa del Migrante, “Jesús es el camino” en Tuxtla Gutiérrez, ciudad capital que en los últimos años ha visto cómo sus calles y avenidas se pueblan de personas indocumentadas de todas las edades, de diversos países, colores, razas y religiones. Pero ahí, en ese espacio, que no conoce de fronteras, no solo se les brinda cobijo y se les asegura un estómago lleno, sino que se les ofrece paz a través del alimento espiritual, la palabra de Dios.
A diario, de 6 de la tarde a 9 de la mañana, la vivienda de dos pisos ubicada en la 1ª Poniente y 16ª Sur de la colonia San Francisco, le abre las puertas a por lo menos 30 personas que buscan el pan y la sal, para apaciguar el hambre.
De hecho, en lo que va de este año, la Casa del Migrante —cuya directora es Virginia Gordillo Gordillo— ha atendido a alrededor de mil 600 refugiados, la mayor parte proveniente de Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala, naciones de Centroamérica agobiadas, o más bien rebasadas, por una escalada delincuencial producto de la pobreza, el hambre y la marginación.
Su génesis fue hace ocho años, en el 2010, como parte de la obra de la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez, y con una única misión: brindarle todo lo necesario a quien transita por tierras chiapanecas en la búsqueda de una mejor vida. La afluencia en ese lugar, sin duda, ha aumentado, más aún por el “endurecimiento” de las políticas migratorias en el país de las barras y las estrellas. Por el momento, ese espacio tiene disponible 24 camas, 25 colchones y 15 colchonetas, “y dijera mi madre, ‘una vez cerrando la puerta, todo se hace cama’”, ataja Virginia Gordillo.

EL IMPUESTO DE GUERRA, O LA VIDA…

Yulisa Eloía López palpó lo que es vivir una pesadilla en su tierra, Tegucigalpa, Honduras, de donde prácticamente huyó en enero de este 2018, con su esposo y dos hijos, porque no querían caer en las redes de los maras salvatrucha, quienes a cambio de “dejarlos en paz” les exigían el pago por derecho de piso, o como ella misma dice, el impuesto de guerra: 800 lempiras semanales (cerca de 700 pesos).
Aunque ella y su familia viven para contarla, también sufrieron la tortura, la persecución, “a mi esposo le hirieron un ojo, a mí me hicieron cicatrices, me golpearon, me violaron solo porque no hacíamos lo que ellos querían. Nos mandaron una carta en donde nos decían que teníamos que salirnos del país, porque de lo contrario moriríamos”, recuerda.
Sentada en el largo comedor de la Casa del Migrante y acompañada por sus dos pequeños vástagos, “Yuli” lamenta que su país se haya convertido en una tierra sanguinaria, donde la misma autoridad está vinculada con los grupos delincuenciales, tanto así, agrega, “que si tú vas y denuncias, ellos mismos te señalan, y una vez que sales de allí, te asesinan”.
Dentro de sus planes, refiere, está el de “aterrizar” en EU, pues reitera que han sufrido mucho, de igual forma una vez que pisaron tierras chiapanecas, donde fueron asaltados por la misma policía. “Allá en Honduras vendíamos frutas y verduras, y pues acá mi marido sale a buscar trabajo, para conseguir algo y seguir nuestro camino”.
A pesar de que cree que sus vidas “han estado un poco torcidas (sic)”, confía en que la situación cambiará para bien: “Dios nos ha recompensado, porque ya por fin veremos la luz, porque aquí me siento más segura, pues en mi país, cada día que despertaba, me veía en el mismo hoyo, en la misma situación de amenazas”, comenta la joven madre de 27 años de edad.
Por su parte, Virginia Gordillo, también coordinadora diocesana de la Pastoral de la Movilidad Humana en su área de Migrantes, sabe que en ocho años atender a cerca de nueve mil personas indocumentadas no es una tarea fácil, pero lo hace con amor y, sobre todo, movida por el Todopoderoso.
“Primero empezamos como una casa parroquial, y a los dos años llego a la dirección, y se le da la temática, el carisma diocesano. Nos mueve el dar apoyo, cobijo y albergue a ellos, porque a la Iglesia católica le mueve mucho lo que pasa con las personas vulnerables”, confiesa.
Uno de los anhelos, dice, es brindar el apoyo de 24 horas, pero no lo logran aún por falta de recursos y además porque el espacio no se daría abasto, “porque luego tenemos niños, señoras y caballeros, pero mientras están aquí les damos una cama, jabón, alimentos, que descansen, y son atendidos como debe de ser; se les da cena y al siguiente día se les despide con un desayuno”.
Lo que necesita una persona migrante para ser atendida son dos cosas: requerir lo que la Casa del Migrante brinda, y el otro es mostrar un buen comportamiento. “Antes dábamos hasta tres días de apoyo, pero a partir del año 2015, a la llegada de más indocumentados no solo a Tuxtla, sino a todo México, cambia la temática porque hay un cerco migratorio complicado”.
Está consciente de que nuestro país ya se convirtió en el destino de esas miles de “almas necesitadas”, sobre todo por la situación que se vive en EU, “ya nadie quiere irse para allá, es una realidad; tanto así que solo en Tuxtla el flujo migratorio aumentó entre 60 y 70 por ciento”.
Una vez que el migrante se baja de “La Bestia” (como se le conoce al tren), es el momento en que “lo ponen a caminar” en toda la entidad. De repente, detalla, “nos llegan de Tenosique (Tabasco) buscando las vías del ferrocarril, en Arriaga, o lo que es Palenque, un centro de recepción muy fuerte” de indocumentados”.
Tiene bien trazada la ruta: Tuxtla colinda con 32 municipios fronterizos, donde se establecen 18 puntos por los que transita el migrante, “tenemos una frontera muy porosa, y por eso llegan a esta ciudad de diferentes partes; a ellos les pasan muchas cosas, son violentados, robados, ultrajados”.
“Tocando la carne de Cristo”, subraya, lo que se hace por ellos va más allá: “Se les da una orientación legal, si lo requieren. También tenemos asistencia de dentista, médica, aunque no es directamente de la Casa, sino que estamos vinculados con quienes nos proveen o dan el apoyo”.
A veces se les complica por la cuestión del idioma, pues no solo le dan cobijo a centroamericanos o de Sudamérica, sino incluso a estadounidenses o personas de otros continentes; asimismo a quien lo necesite, “una vez que cerramos la puerta todos somos familia: no distinguimos en raza, credo… por eso nuestro eslogan es: ‘Borrando fronteras, uniendo corazones’”.
La labor no es sencilla y el recurso, muchas veces, es limitado. Sin embargo, detrás de Virginia, hay al menos 10 mujeres que integran la Pastoral Diocesana que se organizan y recaban dinero para aportar a la Casa del Migrante, como el caso de doña María Eva Tondopó Culebro, quien se sumó desde el 2011.

MANOS QUE HACEN POSIBLE LA OBRA

La integrante de la Parroquia de Guadalupe de esta ciudad capital rememora que se enteró del proyecto en un retiro espiritual en el municipio de San Fernando, “y de todos, solo dos nos sumamos, buscamos la Casa del Migrante para saber de qué se trataba, en qué podíamos ayudar, y me empecé a enamorar”.
Tanto fue su compromiso y pasión por la causa que, añade, invitó a otras hermanas en la fe para adherirse, hasta que sumaron una decena, y con ello juntar más recursos, “vendemos comidas, ropas, o hay hermanos que nos dan también, y apoyan; en mi caso, involucro mucho a mi familia, vecinos, mis conocidos”.
Es de noche, y María Tondopó llevó los alimentos a la mesa: “Pura comida rica, de calidad, higiénico, y hacemos de todo para atenderlos bien; nos ha costado con la sociedad, porque dicen que ayudamos a delincuentes, y ese es el problema, porque nos dicen que perdemos el tiempo”.
La originara del barrio del Niño de Arocha de Tuxtla se siente orgullosa de “poner un granito de arena” a la causa, “aparte hay un matrimonio de jóvenes que le ayudan en la Casa a doña Virginia; ellos están de planta, y en mi caso también soy muy allegada”.
Para ella, todo lo que hace por sus “hermanos migrantes me llena mucho, y hasta mi familia me dice: ‘Vete allá con tus hijos’ (en tono de broma); y pues mientras pueda caminar, y que el Espíritu Santo me mueva, lo haré con amor”.

DELINCUENTES, LA ETIQUETA

Algo con lo que luchan día a día, insiste de nueva cuenta Virginia Gordillo, es en etiquetar a los migrantes como delincuentes, “no son eso, ni prostitutas, ni vienen a robarse al marido… no se cambien de banqueta porque ven que el color de su piel es distinto… ¡Para nada! No dudo que los haya, porque hay pandillas que los siguen, pero recordemos que no solo atendemos a migrantes extranjeros, sino mexicanos o aquellos que van de retorno a sus localidades de origen”.
Por ello, arroja el llamado de auxilio a la población para que aporte a la causa, desde zapatos, “porque sus pies vienen muy lastimados”, hasta ropa, alimentos, “siempre pensamos en cómo quisiéramos ser atendidos, y eso es lo que ofrecemos, calidad, así como yo atiendo a mi familia; aquí no hay sobrantes, o el clásico ‘y si quieres te lo comes’… ¡aquí no!”. Y mejor aún hacerlo, en el marco del Día Nacional del Migrante, que se conmemora el próximo 2 de septiembre.
Sabe que su pasión tiene un objetivo fijo que, difícilmente, abandonará: “Cuando uno se enamora, no ve uno si es alto, si se sonríe, o si tiene el ojo bonito, o chueco… Te enamoraste. ¿Cuándo te enteras cuando es una persona ajena a ti? Cuando ya te casaste y estás adentro, conviviendo. O te enamoras más, o dices no voy. Cuando lo dije un día, tal vez fue a una persona humana, pero en realidad ese sí no sabía que se lo daba a Dios”.
En la actualidad “digo, no me dio una toalla Dios, y no estoy tirando una, sino que pienso que lo que nos dio es un salvavidas, y de eso se trata, de no tirarlo, porque no sabemos a quién se lo aventaremos para salvarlo, y no doy porque tenga, sino porque sé lo que no es tener nada y por eso esta labor con los migrantes; somos ecuménicos: para dar y para recibir”.
Aunque sabe que hay avances en materia migratoria, como la creación de una Fiscalía Especial, o el mayor respaldo de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, “o la Comisión Estatal que nos respalda con las terapias sicológicas, o la Cruz Roja que nos asiste con las consultas”, sabe que aún hace falta mucho por hacer, por aquellas miles de familias que se ven obligadas a dejar su terruño ante la pobreza y, sobre todo, ante el terror que ya sembraron los ‘maras’.