La política necesita de símbolos y Andrés Manuel López Obrador, lo sabe. La austeridad desde la administración pública, en el ejercicio del poder, es un concepto complejo, multifactorial y por eso requiere de traducciones simples, de íconos y símbolos.
Con perspectiva financiera, ¿resulta posible y conveniente cancelar el contrato de arrendamiento financiero con Banobras del avión presidencial? Venderlo es imposible, porque no está facturado al gobierno ni a Peña Nieto. La respuesta amerita un análisis extenso y su explicación demanda tiempo, espacio y, sobre todo, conocimientos específicos para comprender sus implicaciones económicas.
Pero no utilizarlo, “deshacerse” del avión presidencial, es símbolo político, uno de tal impacto que muchos entienden y aplauden. Lo demás es lo de menos. La rentabilidad política supera a la merma económica de cancelar un contrato legal. El salario, el avión, Los Pinos, el Estado Mayor Presidencial son los símbolos que López Obrador utiliza como declaración de principios políticos.
La distancia entre gobernante y gobernados se ilustra al observar los séquitos de guardias, convoyes de camionetas tipo Suburban y vallas humanas, flanquear el paso del poderoso en turno. Dejar que “el pueblo” cuide al inminente Presidente lo acerca a la gente, es empatía social, astucia política, aunque eso es imposible.
Carecer de seguridad y aparato de logística hará de la gestión política encomendada una tarea fallida por las peores causas. Por negligencia e irresponsabilidad. Desplazarse en vuelos comerciales es y será mayor una vez investido como mandatario, un riesgo para él, para la seguridad de las aerolíneas ante riesgo de sabotaje y para el resto de los mortales que tengan que compartir vuelo con el personaje.
Pero el símbolo de verlo en una sala de espera, de quitarse cinturón y pasar arcos de seguridad valdría más que mil discursos. Moverse hoy por las calles de la ciudad a bordo del VW Jetta clásico color blanco es otro símbolo, uno tan poderoso como fue para el expresidente de Uruguay José Mujica su viejo vocho. ¿Apostaría a que en 2024 AMLO abandona el Congreso tras entregar el poder, en el mismo e icónico Jetta blanco?
Cada vez que por razones profesionales he podido mirar de cerca a un presidente (Salinas, Zedillo, Fox quizá un poco, muy poco menos, Calderón o Peña Nieto), constato una idea; el boato del poder distorsiona, sí o sí, la percepción de esos personajes sobre la realidad del restante 99.99 por ciento de mexicanos que ni en sueños serán cuidados, procurados, vigilados (o amenazados) como esa élite política.
Ayer, el mañana Presidente electo, estuvo con el y los ingenieros del país; a ellos presentará el 15 de agosto tres opciones sobre el futuro del Nuevo Aeropuerto. Continuar con la obra, cancelarla (lo que implica costos legales y financieros considerables) o entregarla al financiamiento privado. Otro símbolo, otra herramienta para hacer política y ejercer el poder.