Ya falta un mes, o todavía falta un mes, según lo quiera ver. A menudo parece que el obsesivo proceso electoral lleva años entre nosotros. Se ha hecho largo por muchas razones, en particular porque hemos pasado por varias etapas: precampañas, intercampañas y campañas, algunas de las cuales se pudieron evitar.
También se debe a que, como en pocas ocasiones, los ciudadanos nos hemos metido en las elecciones, y como es nuestro tema favorito del diario desde hace tiempo, nos puede parecer que llevamos años en ello. Hemos hecho que las elecciones sean nuestras; nos sabemos actores centrales del proceso y en los últimos meses lo hemos colocado como uno de los ejes de nuestra cotidianeidad. Todo esto es una buena noticia.
Ya veremos si el Mundial cambia nuestras conversaciones; la lógica indica que así será. Lo que no se va a valer es que se hable de complot o algo similar, por las fechas y el desarrollo de los juegos.
No necesariamente el que llevemos metidos muchos días en las elecciones tiene en automático un balance positivo. Las discusiones han subido de tono y han sido ocasión de enfrenamientos, incluso de carácter familiar.
A estas alturas, parece ser que lo que mejor nos vendría es que ya pase la elección, para que así se terminen las confrontaciones y la incertidumbre; y que al final, gane quien gane.
El tiempo que falta para el 1 de julio está dejando de ser factor. La esperanza de los adversarios del tabasqueño de alcanzarlo, “porque todavía hay tiempo para ello”, se va reduciendo. El mes que se tiene para estos objetivos es ya una variable secundaria.
La ventaja que tiene López Obrador en la mayoría de las encuestas es cada vez más regular y, sobre todo, consistente. La idea de que suceda algo que cambie el rumbo de las cosas es remota, a lo que hay que agregar que el candidato y dueño de Morena, cuando se cae, se cae para arriba.
Todo indica que López Obrador ha aprendido la lección. Lo que no debe perder de vista es que en las pasadas elecciones, además de que le echaron toda la maquinara encima, también puso de su parte. Después de 18 años en que se negó a hacer muchas cosas y a establecer ciertas alianzas, ahora cambió sus esquemas; esperamos que no sus principios, bajo el supuesto de que este es el camino para lograr el triunfo.
Sus nuevas estrategias lo han llevado a elogiar sin límite al dueño de TV Azteca, con quien se ve que se entiende desde hace tiempo. Hasta se le ha pasado por alto que Raúl Salinas de Gortari, el llamado “hermano incómodo”, es accionista de la empresa desde sus orígenes.
Viendo y estando tan cerca del triunfo, López Obrador debe estar entrando en los terrenos de las dudas y las disyuntivas, las cuales, por cierto, no son malas.
La otra disyuntiva es la que tenemos los ciudadanos: ¿cuál López Obrador, en caso de que gane, va a gobernarnos? Hemos visto tantos estos años, que no sabemos cuál nos va a tocar.